08 mayo 2026

El lobizón de América

 

Desde la loma oscura, apretado contra esa pared alta de la casona
esperaban los muchachones para aprovechaban la luna llena de
enero, ayudado por ese paño de humedad que entrega la noche para
terminar de arar en la pendiente hacía el río, durante el día el calor es
sofocante.
Artemio él mayor y su hermano Santiago, apenas se habían recostado
un rato harto de espantar los mosquitos que reproducía la selva baja
como una maldición, que parecía ser toda, sin dejar lugar a una más.
Contra la enorme luna anaranjada toda redonda que se dejaba arañar
por las talas raleadas, la yunta de buyes, apresadas por ese cepo
pesado de quebracho, tiraban hacía abajo el arado de mansera que se
trancaba cada tanto como un capricho del destino, esa condición del
chacarero y su fe ciega en la siembra, para el más adelante, y que
ponía en jaque toda creencia y voluntad de los muchachones, en edad
de celo animal, 17 y 18 años.
Santiago, se sentía como estrangulado por la falta de aire, y el calor
cercano de los cueros transpirados de esos mastodontes con cuernos,
esos bueyes como la máquina perfecta para rotar la tierra caliente y
darle al fin otro destino, lejos de la maleza.
Entonces como pudo  le gritó a Alfredo para que sacara un poco de
agua del aljibe y darle tregua a este asunto, quizás eran cerca de las
tres de la mañana, de reojo Santiago escudriñó la Cruz del Sur y
calculó, aunque los astros eran empujados un poco lejos ante el poder
total de la luna llena.
Artemio, que por primera vez se había separado de su revolver 38,
que dejó bajo la almohada del catre y que prescindió del winchester ya
que no habría tiempo, no más que para arar y no distraerse y que
quede listo la picada para sembrar lo antes posible, estaba en eso.
Bajó lento el balde e hizo crujir despacio la cadena en al roldana para
no despertar al resto, esos cuerpos fantasmas muertos de sopor y
sueño, niños, ancianos, tras esas rejas altas, soñando con voces que
le hablaban como desde una babel de idiomas “aquí es la américa, el
paraíso perdido”, quizás.

Artemio quedó en silencio, con la mirada clavada en el pozo más
profundo del aljibe y de la noche, cuando el redondel naranja de esa
luna de enero se metió como a tapar todo el pozo con su reflejo.
Artemio muchachón, probó un trago de agua fresca, tocó su boca e
imaginó al viento de los barcos, un beso para una amada que quizás
traería el próximo viaje, en ese silencio estaba, cuando el grito de
Santiago, desgarrador rompió a pedazos la noche pidiendo auxilio.
Sálvame Artemio!!! Ese grito que entraba como un eco enterrándose
en el bajo de la lomada, Artemio Gaggero manoteó el winchester  y
corrió descalzo sobre la tierra fresca, abierta, arada y fértil de un
pedazo de la América, y vio por primera vez ese monstruo contra la
sombra de la luna naranja, y a los bueyes en fuga, sudorosos, y vio a
Santiago prendido por ellos, y detrás del arado, esas fauces de miedo,
con colmillos en sangre, con ojos desorbitados, esa bestia negra
nauseabunda que mordía sin cesar para apagar todo destino posible,
y ahí el disparo del winchester certero de Artemio, que apagó el miedo
niño de esos jóvenes hermanos, los bueyes retomaron la calma en la
curvatura de la loma, quietos esos animales paralizaron la escena,
sobre el último quejido de la sombra de ese monstruo/hombre/lobo,
por vez primera en esta tierra.
Santiago y Artemio quedaron sentado espalda con espalda, sin soltar
el rifle, mirando hacia abajo donde brillaba Paraná vivo, enorme, cerca
de sus pies descalzos el manchón de sangre de la evidencia, la
sangre del lobizón de América que abonó el surco de esa hectárea,
nada más se supo.
A veces cuando sopla el viento del norte, se escucha un animal que se
lamenta su dolor con un aullido que parece mezclar los idiomas, el
aullido del buen augurio dicen ahí… y de la buena siembra con la luna
llena, ahora lejos del miedo.

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