08 enero 2026

Chino Serra y la guerra de los dos mundos

 Ahora es más fácil ver el territorio, hoy que la luna llena de lobo bajó su azul sobre la arena y las cárcavas del Toropí, pero nadie intuye la batalla anterior, solo en la noche anterior, quizás otra más en vigilia, y otra quizás en pesadilla, la que le deja esta fiebre en el cuerpo aún y un silencio desértico más grande de todo lo que pueda abarcar el pensamiento del “Chino” Serra.




Debemos remontarnos unos 30 años atrás, nacer y vivir en el carrizal lo había curtido de formas difusas, había pisado desde niño barro junto a “Chacho” su hermano menor, el sudor de su padre Antonio los bendijo de apuro como todo el tiempo sincrónico del ladrillero, así escudriñaba sin saber de edades el Chino, reflejos azulados del Paraná apretado entre el carrizo, el remanso, algunas aguadas estancadas como su palabra y su cabeza, y como la tropilla de caballos flacos pisaba adobe todo los días y todas las tardes, en ese oficio del infinito.

Pero aun así el Chino Serra, nunca sintió los bordes filosos de nada, el paisaje era amistoso y redondeado en los bordes, suave de carrizo y de plantas acuáticas y de nubes que acercaban al suelo ya bien entrada la tarde, ahí en su Jordán, bañaba su cuerpo marrón con algunos salpicones de agua y nada más.

En el carrizal Chacho y Chino habían creado un mundo propio y perfecto, quemando ladrillo y quemándose en alcoholes por dentro, verlos de afuera era ver viejos camiones, tractores, maquinarias ruidosas pintadas con estrellas y signos como si fuera a veces un circo, y otras las menos un ejército para dar batalla a lo que fuera, nadie podría asegurar que en esas montañas de hierro herrumbradas no existieran cañones o misiles para enfrentar “enemigos”, uno puedo imaginar conversaciones como rotas sobre planos hecho en el barro a la lumbre del horno, tácticas para atacar y ganar esa guerra, uno imagina a los dos parados firmes como soldados y haciéndose la venia con sus trajes imaginados de coroneles y sus ginetas dibujadas con hollín sobre sus hombros.

Pero en un final de febrero la lluvia no cesó, y la inundación se quedó más tiempo del soportable para ambos en él Carrizal, el mundo perfecto de formas circulares y amigables empezó a apretar, Chino con la punta de sus dedos tocó los bordes “rectos” arquitectónicos y precisos de un torre de cuatros lados de un tetra brik, y fue lo último que tocó como si ese espanto del vino tan preciso lo hubiera hecho daño en su pecho con su forma rectangular.

Bebió esa noche enajenado y en silencio, vio hacia el sur otra noche y soñó que si había otro mundo, lo abrazo a Chacho en silencio y le dejó todo su Carrizal, donde hoy está enterrado, hecho poca memoria y barro; Chino en la mañana se fue hacia el Toropí.

En su cabeza se iniciaba una batalla, con medio centenar de años, la humedad que conservaba en su cuerpo tocaba la infinidad de estas arenas, que le secaba cada día y cada hora un poco de su memoria “esa del carrizal”, una espacie de nueva muerte a cuenta gotas, algunas bajaban como sudor desde el borde de su sombrero conquistador, y en la primera quema junto a Delicia y sus hijos vivió como pagando un pecado arrasado por un temporal que asedio su choza, creyó escuchar en un rayo el sapucay de su hermano, pero rápida esta arena se comía todo, en esa maldición del génesis en Toropí, apretó a los suyos contra el pecho, y solo el vio vivos a los mastodontes, los tigres, los toxodontes, los armadillos gigantes, las tortugas, las serpientes y miles de bichos en estampida, y escuchó sus bramidos todos en uno, y en esa tormenta como en un remolino el mito se quedó en su cabeza.

El Chino Serra, vio de nuevo ese universo vivo, y un mandato ordenó las especies por voracidad, y la voz de un dios le dijo que él debía regular el bien sobre el mal, y en otro relámpago apareció brillando en su mano ese "su machete".

Cuando ceso el diluvio, el azul del riacho espejaba las islas en calma, y él bebió lo último del vino de esa noche larga y dejó jugar libre a sus hijos en ese paraíso, junto a Delicia cantearon al sol del amanecer los ladrillos que pudieron salvar, al fin era suficiente, en otro orden preciso sobre la arena ya seca, miles de ladrillos rectos y precisos secaban ese capítulo del inicio.

Mil días y sus noches, el “Chino” escuchaba hablar de los fósiles y de los huesos quietos buscados por expertos y curiosos, él alzó su casa y se quedó a cumplir el mandato, cigarro de por medio en las tardes cuando volvía cabalgando con su enano de bañar al resto de los caballos, y luego de limpiar el pisadero, y sus carretillas de madera de la faena, a veces le parecía ideal respirar gobernando ese mundo de las arenas, sonreía solo y hacía la venia por las dudas para su ejército imaginado.

Al final de cada tarde también, Delicia su mujer y compañera, hacía crujir una lata con maíz como un llamado, y unas cien gallinas se lanzaban como el opio ciegas a comer, un rito tentador para otros bichos pensó una vez más el Chino, tanteando su machete y haciendo “hucha” a unos perros flacos, poco cosa para el asunto, que el tenía en su cabeza.

Solo él notaba inquieto en el corral y unos relinchos incómodos en la tarde, casi siempre, casi como si algo estuviera en acecho.

Y este enero, sofocante, apenas dejaba amarillar las florecitas en el aromito cercano dejado para refrescar, y más allá al fondo del patio largo la “talita”, como una espinosa defensa de la noche y sus misterios, ahí se dio el asunto, la batalla que les cuento.

Una mañana entre la voz ronca de la radio colgada del alero del rancho, Delicia se quejó en voz baja de que algo se estaba comiendo sus gallinas, como de un bocado, agregó, y luego de un largo silenció sentenció, comadreja no es dijo; y al Chino le corrió la orden y el mandato por su cuerpo, y el miedo, nunca antes aparecido en ambos mundos “carrizal y ahora Toropí”.

Ya los primeros días se presentaron lluviosos, y con poco trabajo el cuerpo del Chino quedó en alerta, mojaba solo los labios de vino, y echaba el resto a escondidas para que no se notara, daría vergüenza matar o morir empedo, se dijo.

Esperó en el sopor de las primeras noches de enero, mientras escuchó unos tiros de alguien que recibía el año nuevo lejos, durante el día no dijo palabra alguna, tocó su cuerpo en fiebre y transpiración como extraño, tocó los bordes de ese tetra brik, filoso como su machete de plata, y estaba listo.

En la segunda noche de enero todo estaba oscuro como nunca, en algún lugar lejano la luna llegaría mas tarde con todo su redondel amarillo, pero acá el tiempo estaba detenido, el aire, el silencio, la arena caliente aún por el sofocón del día, la mansedumbre de los animales domésticos dormidos, Delicia también en el catre…

En esa oscuridad Chino Serra, descalzo, con sus pantalones arremangados como un semi Dios fuerte, pero anciano, tanteó su machete sagrado y camino hacia la “talita espinosa”, con cierto movimiento como de brujería hizo crujir las ramas y atravesó las espinas que rasuraban su cuerpo, creyó escuchar bramidos y tormentas en el diluvio de su cabeza, y degolló un toxodón en la oscuridad, y otro machetazo sobre el cuero en estampida me cientos de armadillos gigantes, y revoleó su machete que brilló apenas ante la luna que apenas aparecía sobre el riacho cercano, y se trenzo cuerpo a cuerpo con un tigre que probó su fuerza, así atravesó el talar y el telón grueso de esa noche de enero, enloquecido en el piquete los caballos eran mordidos por serpientes, imaginó en la noche toda, y sus pies tantearon algo de barro, algo de humedad bendita y sobre una tortuga gigante se lanzó hacia su presa, cerró los ojos, al fin la noche era toda oscura y eterna, apretó los dientes una vez, y sintió la asfixia y esa fría piel de la serpiente que buscaba apagarlo todo, pero Chino sintió que de su corazón brotaba un fuego de misterio, de tesoros escondidos, de bendiciones de animales milenarios, y gritó un sapucay que alumbró la noche, y se vio cara a cara con la curiyú del mal, la luna brillaba al fin, y el Chino Serra blandió en el  alma su machete.

28 diciembre 2025

El Barco Fantasma



La historia del “barco fantasma” que navegó ya cientos de kilómetros a la deriva sobre el río Paraná es también la de la industria naval argentina. 

El casco de un buque que estaba en construcción pertenece al Estado, y llevaba dos décadas de abandono. 


Hace algún tiempo el dueño de Astilleros Corrientes SA, Miguel Gutnisky. Confesó estar preocupado, el dato no es menor: la desidia del Estado, al que pertenece la nave pero que nunca se hizo cargo. “Solo el motor con la caja debe valer unos 2 millones de dólares”, dijo el constructor.

“El barco Fantasma” encargado en otra época de la Argentina, exportación a EEUU de algunas plataformas submarinas de perforación.

Algunos datos fantasmales de administración: en 1993 una empresa privada consiguió financiamiento del Fondo Nacional de la Marina Mercante para construir un barco y la licitación la ganó la empresa ubicada en la margen izquierda del kilómetro 1.200 del río Paraná, a mediados de los 90, la empresa “entró en concurso y llegó a un acuerdo con el gobierno”, a través del cual el Estado se hacía cargo del pago a sus acreedores y se quedó con el barco.

Otros datitos: En 2000, ya con Fernando De la Rúa en la Casa Rosada, Astilleros Corrientes firmó un acuerdo con el Ministerio de Economía para que el barco en construcción fuera removido en un plazo máximo de 60 días, pero el Estado volvió a incumplir.

Y así pasaron los años, y el buque fue ya un Fantasma Administrativo, solo papales en montañas de papeles.

Hubo más intentos en el kirchnerismo, pero no hubo interés por el UROS-Z “Fantasma”, un bicho grande para ser parte así nomás de la naturaleza, la que hoy lo cobija, tiene 107 metros de eslora, 14,5 metros de manga y 6,70 metros de puntal.

Ya había llegado Macri, y ahora ya se fue, ahora nos invade el fantasma de la Pandemia, en bienes del Estado dijeron que el Buque nos es correspondía, porque no era un inmueble, es más un “barco en construcción eterna como este”, no tiene matrícula, no tiene jurisdicción “No soy de aquí ni soy de allá” diría Facundo Cabral, queda claro que es el Estado que tenía la obligación de sacar el barco del astillero, pero el “bicho” ansioso por su naturaleza acuática aprovechó una creciente, rompió su cabos en rebeldía a navegar a la deriva. 

El viejo Gutnisky dijo, que el barco en construcción se puede recuperar y continuar la construcción o venderlo así como está, poseía un motor nuevo y como iba a ser un buque químico, tiene las bodegas de acero inoxidable que son carísimas. Todo eso vale millones, es plata del Estado que perfectamente se podría recuperar”, y sus voz se pierde rio abajo, en Empedrado intentaron detenerlo pero no hubo caso, dicen que “El Fantasma” se enamoró de unos alisos o de la cabellera de unos sauces que contrastan con su dureza de acero, allá al sur de “Piracuacito”, a poco más de media hora del puerto de Bella Vista, algunos pescadores golpean e intentan trepar a su armadura con poca fortuna, la “armadura oxidada” que sería una clara metáfora de los últimos años de la Argentina, no se resiste a ser destruida, ahora es casi una leyenda que se esconde entre el verde de las islas, “silba el viento norte y se confunde con un silbido más fantasmal que esta mole”, quizás si uno se acerca lo suficiente y pone el oído en esas chapas amarronadas, “El fantasma nos cuente esos secretos para encontrarle salida a este país, agrietado, intolerante, amarrado, el “Fantasma” ahora está quieto no hay mano humana que lo mueva, menos ante un río tan bajo, nadie sabe cuándo emprenderá de nuevo otro desafío, río abajo.

27 diciembre 2025

Carta de Antoin para Adolfo


 


La cuna de fuego


 


Llegó raudamente y desensilló el zaino, ofuscado el animal pidió agua enseguida aún antes de que le quitara el freno, había sido una jornada agobiante para ambos  tratando de encontrar ese ternero perdido y herido allá después del  viejo maizal, el cardo no perdona, menos cuando está seco y aquí de lluvias ni hablar, el cielo azul abovedado empujaba lejos las nubes impidiendo milagros.

Dejó el sombrero donde su costumbre, y ya estaba listo el fuentón con agua fresca, que Juliana y los chicos casi jugando con el sonido de la cadena y la roldana sacaron del fondo  del aljibe, se quitó entonces las polainas de lonas a rayas y empujo instintivamente las alpargatas a un costado.

La tarde en Tabay, descomponía su calor al máximo tiñendo el horizonte de un rojo azulado, lejos, sobre el sur del pastizal una primera estrella se anunciaba y traería viento, ya han pasado los siriri, pero para esto faltaría un rato.

Aquí Ovidio, respiró en silencio, y se sirvió uno, o quizás dos mates, acarreados  en otro silencio desde la cocina por Wilma, la segunda de sus hijas mujeres, adolescente, que traía puesto un solero con flores que precisaba las líneas de su cuerpo,  ya como si fuera una mujer  de edad imprecisa para esa hora de la tarde y para un hombre como él, demasiado ocupado en quehaceres del campo.

¡Todas estas cuestiones del tiempo y su paso, apagó al fin la noche!

Bajo la sombra del parral, “el sol de noche” a cierta distancia amontonaba los bichos en círculo, y en un catre estaba Fernando el más chicos de los hijos hasta entonces, luego serían once, dormía, mientras la abuela Juliana con su pañuelo le daba un airecito espantando el sofocón del día.

Sentados en círculo, en la oscuridad con la mirada al norte y en silencio están el abuelo Ovidio, Amalia, Delio, Wilma, Ricardo y Carlitos  escuchando  a unas leguas de distancia como el baile comenzaba  en el Club Social.

En la oscuridad de la noche, los espectadores  de ese universo contaban estrellas, la cruz del sur, los siete cabritos, las tres marías y otras inventadas, mientras ráfagas de música llegaban de vez en cuando, ante el shhhs del abuelo, para escuchar “ese” bandoneón, un acordeón, tres guitarras y un contrabajo que ejecutaba un tal Cáceres dijo, otra ráfaga, las voces de “Vera- Lucero” y ese bandoneón que llenaba de lágrimas los ojos del abuelo, “El taita del Chamamé” está tocando volvió a decir, ante el silencio de los niños.

Cerquita en el catre la abuela movía los brazos espantando pensamientos y calor con su pañuelo, mientras Fernando abría de vez en cuando los ojos, inquieto.

En el Club Social había baile y sapucay, aquí, en este patio, silencio sagrado para escuchar la noche y esa música “Para ti compañera, El Boyero, Zunilda, Retorno, Imploración, Rincón dichoso”.

Después de muchos años, cuando le preguntan a Fernando como aprendió a tocar al bandoneón, él responde humildemente, “solo nomás”.

Cuando yo lo veo tocar algún tema del taita, y su frente se llena de sudor, me parecer ver a la abuela Juliana con su pañuelo dándole un airecito para acercarle aquél sueño único en el catre de esa noche de verano, cuando en Tabay tocó el Taita.


26 diciembre 2025

La Cruz de Roberto Amarilla


"Don Roberto Amarilla", ha llenado todos los espacios con la sabiduría de un monje.

Hace unos días tomé está fotografía (semana santa), esa fue su última sugerencia (tenía miles, amaba todo el tiempo a su pueblo), me donó las maderas de quebracho, y me indicó a la perfección como debería ser esa réplica de la cruz de los milagros, yo era Director de Cultura por aquél entonces, la bendijo Julián Zini en una misa de homenaje a los "Chamameceros caídos en aguas del Paraná).
Hoy se nos va en está confusión de abrazos, apurada ceremonia que contrasta con ese rito de su "tiempo", que era tiempo y apoyo en ese bastón, de mando, de calma, de sabiduría, firmeza y sonrisa así con esa dósis exacta, así, fue mi "maestro" en el taller de la Escuela Técnica, en su laboratorio del torno impecable, aprendí a ser su amigo, (no aprendí nada de mecánica, ni de herramientas), poco importó mejoré mis carpetas con dibujos, y me llevé raspando en siete.
Más tarde fui y soy amigo de sus hijos "El Negro", un poco más tarde de "Pali" y en ocasiones de "Patri" la tejedora, todo ante la atenta "supervición aguda" de "Nelidita" su fiel compañera de toda la vida.
Es cierto es un instante este de dolor, se siente en esa frágil caja del cuerpo de Neli, donde apenas respira el alma de esa otra parte, "el todo de la vida" del cual estamos hechos a pesar de la modernidad de los tiempos, pero...
Entrar por el largo pasillo de su casa de nuevo, sentir la humedad de los ladrillos, ver esa escalera que conecta al cielo, y saber que cada "plantita, cada flor, cada detalle" llevará al fin su firma "Robert", nos dará esa tregua pronto, para recorrer sus fotos del puerto, sobre ese quieto piano...
El sillón se moverá con la magia de su presencia, se encenderá el televisor y escucharemos ese gol de su único santo "San Lorenzo".

Un abrazo!!!

 

24 diciembre 2025


 El centro

Tanta calma y tanta quietud en las venas hacía engordar el temporal de lluvia desde la madrugada, afuera sin calma.

Recorrer el camino con la mirada clavada en el pastizal, la gramilla seca, el monte bajo, las nubes rasuradas por las ramas, el hilo de agua del “paso naranjito” azul brillante, había ya en un mito un anticipo, se escuchaba desde el fondo unos tambores de tiempo y rezo, y sobre la arena caliente del este hacia aquí hace siglos alguien venía con la antorcha prendida a fuego para incendiarlo todo.

Hace unos días atrás había hecho esa misma ruta, apenas cruce el Santa Lucía como lo había hecho mil veces de niño y de ahí se extendían los palmerales sobre la arena y hasta ya bien el infinito, al costado hacia el fondo se iniciaban caminos rojos o más arenales desafiantes, inhabitados, solos y difuminados como apariciones en el desierto, y esos silencios atrapaban aún mi palabra.

Fui golpeado por imágenes de animales muertos en la ruta, zorros, carpinchos, osos meleros, indefensos, el cuero sobre el asfalto donde uno podía aun calcular las horas de sus muertes, viaje con eso, solo, y con dolor en el pecho, descreí definitivamente en la resurrección de la carne y amputé mi fe de cuajo, cuando uno habita todo el ancho del dolor, al credo, al dogma, no le queda más que asfixia y huye.

“Desideria” me esperaba, pidió velas y fuimos hacia el cementerio familiar al borde del alambrado, en el camino a paso firme saludamos a unas tías que conversaban en ronda, ella, “Desideria” y yo seguimos, me reclamó como un niño por caramelos, que yo los había olvidado, solo calculé en el almacén 4 velas y fuego, así intuimos que había viento como del este que hacia estremecer el eucaliptal entre el límite del lote y la calle, ella, tenía la mirada fija y se movía como empujada por otras fuerzas que mantenían enérgico su cuerpo de piel oscura, agrietada, deshidratada por el paso del tiempo, pisaba Desideria los ochenta, yo escudriñe al costado mientras caminábamos fijos y certeros al cementerio familiar, que el terreno estaba devastado y con maizales secos donde antes estuvo la quinta de naranjas que se perdía en el horizonte, mi abuelo Ovidio solía indicarme ese punto de fuga de la vista colocándome entre líneos, un infinito naranjal, mi pecho y mi aliento corrió como yo niño por esas siestas, el canto de la palomita, ese eco que aún suena para acortar estos tiempos, la siesta toda es un fantasma, y uno es uno de ellos, siempre sin divisorias, de eso no se vuelve.

Desideria ya arrodillada, solo quería encender el fuego y luego las velas, ella no supo de rezos y se quedó sin palabras para el dolor, porque en la pobreza suele ser una llaga enorme y sin tiempo la palabra, la primera vela para Juliana, al lado la segunda para Ovidio, para mi mirada parecía en cierto orden, ellos eran mis abuelos, pero para ella que asumía el rito todo de la muerte, del olvido, de la vida, del nacimiento, del rebaño, sospeché que para ella la gracia se ordenaba de otra forma, aún no sé cuál es, la ayudé para que el viento no apagará las candelas y al pasar fuimos por Nilda, y luego por Delio (eran hermanos muertos de mi madre), con sus pies descalzos apartó las hojas secas cercanas a las tumbas, y emprendimos el regreso.

 

Cuando “Desideria” entró de nuevo a la cocina había otro orden en el mundo familiar, encontró y compartió la calma, con sus casi 80 años, me alcanzó a preguntar por Wilma, una de las cuatro hijas de la casa, hermanos al fin, en ese lugar caliente de la colonia todos eran, familia, peones, visitas, en un círculo atrapante de sangre sin estirpe, como un presagio de que el génesis de los de abajo paria sus códigos ahí, no eran secretos, era en una sincronía ritual que parecía accionarse con la molienda del maíz.

Nos turnábamos con nuestras manos de niño para girar esa rueda, desgranar el maíz, separarlas de sus ásperas chalas, que llegaban constantemente en bolsas rústicas del fondo del sembrado, girar la rueda, la manija temporal de hierro forjado y ese tótem entregaba la molienda, alimento de américa también aquí en Tatacuá.

El sol intenso que recuerdo, invadía el alero de la cocina y en la mezcla del polvillo del maíz, las franjas del humo que nunca paraban de nacer del fogón, sostenía la figura y su vaivén, su inquieto trajinar en alpargatas con los talones desnudos Juliana, mi abuela, la de todos, la que se fuera al cielo de los buenos.

Errantes en el tiempo, en un círculo errante de esos pájaros sostenidos por el calor de esta tierra en suspensión, al borde del aljibe olvidado que empuja aguas invisibles para extender su sabia hacia la sombra del cementerio familiar, hasta ahí la calma.

Pero ahora que “Desideria” (Aguirre) llegaba a la fiesta, se metía en la cocina para derrotar mi tiempo, y hacerlo infancia en la molienda, cálido el territorio de esa noche de varano para ver todas las estrellas, y al amanecer cura para escapar del asma y sentir el aroma a los naranjales que invadían el patio limpio por ella.

Algo en “Desideria” Aguirre, nace con el paisaje, con sus palmerales, con su bronca del hambre interminable pero digna, su piel, sus pies descalzos sobre la roja tierra de la colonia abren surcos de poder, místicos de imaguaré, silban los montes de tacuara a su paso y las nubes se llenan de lluvias para la nueva siembra, en ella el misterio guaraní del dios sol y luna son posibles cuando lava ropa en la laguna, en su reflejo.

“Desideria”, vino a resucitar el rito del maíz, el alimento de la estirpe de los guerreros, por amor aquí en Tatacuá abandona por un instante su lanza guerrera de siempre, y mezcla alimentos y sabores envuelta en su danza de la cocina, ritual, humo, recuerdos.

“Desideria” alimenta analfabeta y en silencio miles de niños más, y su pasado alimentó tribus y luego ejércitos, y ahora…y ahora, que cae la tarde, como me gusta verla con sus trenzas al viento, correr, correr, veloz como la corzuela roja del monte, correr con ella en el viento, correr descalza sobre la tierra roja y caliente de Tatacuá, por ella en mi pecho suena los tambores.

 

14 noviembre 2022

PUERTO


En un solo punto cardinal anclado, sobre la luminosidad de un tardío y húmedo verano, sobre se naranja resplandor que no ve la ciudad, se levanta una pesada atmósfera atrapadora de historias y bichos casi invisibles resplandecen sobre charcos tirados a descuido sobre la cinta asfáltica, muda, gris, nada.

Los ojos de un cachorro revisa una secuencia de imágenes, fantasmas de esos hombres idos en sus funerales terrenales, tristes, memorial que cae también sobre el retazo de esta tarde.
Sien embargo un viento de lluvia trae del puerto, primero el vuelo de una tórtola con el pecho hinchado de lagrimear su tango, su blues, sobre ese muelle de alquitrán y quebracho, entonces si llega la plegaria “Tarja” de una veintena de mujeres, explotadas en sudor y vejamen, para cargar los barcos con naranjas ese trabajo “macho” hecho por ellas.
Es un viento del sudeste que contrasta con la humedad que deja hace horas la lluvia... la memoria del puerto de Bella Vista quita el velo de su romanticismo idiota, y nos piden a gritos la imagen de esas mujeres en celo de rabia, y luego nombrarlas con un grito, para darnos identidad, para redimirnos un poco menos bestias.

AMIGOS A LOS GRITOS

 


A Federico, Gómez lo conocí hace años, llegaba la pueblo empujado por algún coloniero que lo trajera en su “chata”; y de ahí desplegaba sus trámites en el pueblo, la mayoría era encontrar gente con la cual “conversar”, justificaba su cortesía porque siempre estaba impecable, humilde pero preparado para cualquier encuentro, gorra coloniera para saludar, y una bolsa pequeña con algunos duraznos de su cosecha, Federico para mi era un poeta más que agricultor.

El otro, Ignacio Chamorro, desde que se vino al pueblo hace medio siglo en la colonia Progreso fueron olvidando su apellido, así que la memoria de la infancia de los amigos y vecinos se resignó a amputar su apellido y a nombrarlo de vez en cuando…que pa será de la vida de Ignacio, seguido de un silbidito de algún chamamé de los hermanos Ortíz “la tierra no tiene dueño”…

A este último, Ignacio, solo lo fui conociendo por relatos de unos de sus hijos “Abelqui” mi amigo “El Bocha” el fanático del fútbol, el loco, coleccionista dirían en el pueblo, yo lo conocí tratando de armar un banderazo en homenaje a Diego Maradona cuando cayo internado, pero esas es otra historia.

Federico e Ignacio fueron amigos, anduvieron esas siesta cerca de Isla alta, ondeando iguanas, y escuchando esa canto raro fantasmal de la siesta de la picuí, o la invisible monjita blanca, descalzos los dos sobre ese interminable territorio de la pobreza, cuidando la alpargata para la escuela, y comiendo níspero, o guayabo, u unas mandarinas atravesando algún alambrado, y esa complicidad jamás se olvida, ni la vergüenza ante el pizarrón en el aula de la escuela de San Pedro, nada hacía suponer que esas letras y esas sumas sirvieran para algo en ese paisaje, que se descubría cada siesta, cada tarde, a lomo de pelado de caballos, ante la rigurosidad del “chicote” que ambos los igualaba.

Fue una de esas siestas que ya muchachos casi, bajo las tablas del puentecito del arroyo, pescando unas tarariras, se despidieron sin saber…el canto del arroyo San Pedro anudo junto al viento unos cantos de esos pájaros, y con su maleta de ilusiones Ignacio una vez se vino a Bella Vista para siempre.

Federico Gómez, extendió su chacra pasado el tiempo y me contó una vez como logró atrapar al gusano del durazno, y de ahí supo tener la mejor fruta de la zona, poco, pero buena cosecha; todavía me parece verlo con su planchadita camisa a rayas, contándome ese asunto del gusano.

Aquí mientras tanto sobre un andamio Ignacio, (Chamorro) ya junto a sus hijos mayores estaban en otra ciencia, la albañilería, y no les iba mal; en la radio “Pampa y cielo” y un silbido largo suspirado del hombre, parecía le llevaba hasta ese lugar de la memoria “ese remanso calmo” de siesta en la colonia.

El tiempo pasó nomás, Doña María esposa de Ignacio se murió en pandemia, y el albañil pisando los 80 esto le pereció demasiado, y ahí fue todos los días intentado de rabia morir un poco, aunque la ciencia y la medicina se lo fueran haciendo difícil, todos los días me contaba de esa lucha “el bocha”.

Alla, entre “el lapachito y otros cruces de camino” Federico, quedó una siesta recostado sobre el catre, y un torbellino de viento mezcló todos sus pensamientos”, solo parecía recobrar la calma cuando comenzaba a florecer el duraznal, aunque ahora el gusano de la peste lo buscaba dentro de cabeza; no era tristeza las lágrimas de sus ojos, era desatino, y entonces calló apretando vaya a saber “que palabra”.

Ignacio (Chamorro) y Federico Gómez, no se habían visto por los menos en los últimos 5 años, ni de paso, no se contaron ni las tristezas, ni las alegrías de la forma que solo ellos sabían hacerlo, nada supo uno más del otro.

Hace unos días Ignacio, fue traído al sanatorio Plaza por sus hijos, en Corrientes ya no había mas nada por hacer, mas que esperar la muerte y sus horas, ahí se turaban sus hijos por horas y días para eso que ya se sabe, “Bocha” me contó que estaba en la pieza 15.

A dos piezas de distancia en el mismo pasillo preso del Alzheimer callado estaba Federico Gómez, su amigo.

Federico Gómez, creo, se levantó al alba sin saber porque llenó de gritos el sanatorio con una única palabra ¡Ignacio!!  Ignacio….Ignacio!!!! con tanta fuerza que tuvieron que atarlo a su cama.

Durante tres días Federico, el de los duraznos, gritaba su nombre con furia de vida, con peso de memoria, con fuego de amigos. !!!! Ignacioooooo

Ignacio ya con los cerrados, apagó sus latidos una siesta, sintió que alguien tomó sus manos además de la de sus hijos, se fue a buscar a María su Amor, sintiendo el canto del arroyo San Pedro niño, y algún vuelo de paloma de su infancia, corriendo por el camino con él venía  Federico, que venía detrás tan solo un día detrás.

 

 

05 octubre 2019

Fútbol, goles de amor y ausencias…


Cuando entró al salón, nada lo hacía ver como un veterano o un  experimentado jugador jugando sus últimos años, cerca del “retiro” de Lanús, como uno se puedo al fin retirar de una pasión me pregunto?
El negro camina intacto por ese pasillo desbordado de niños con camisetas multicolores, el mejor escenario para volver y pisar su tierra otra vez, lo hizo miles, quiero entender en él, esta extraordinaria manera de volver, al territorio de Las Infancias, y el patio escolar es ese maestro sabio, que le junto amigos que estaban más emocionados que él, ex docentes, vecinos que lo vieron crecer y luego jugar, ser en él uno de esos “que al fin llegan”, porque el fútbol y el éxito mal fin deben ser eso, una satisfacción colectiva, aunque el barrio y su club con justicia parece apropiarse, el negro, joselo, pepe, es de Barrio Norte, ver ayer a esos pibes de categorías infantiles con los colores amarillo y azul y la camiseta 7 con su nombre, selló ese pacto, Volver, Irse, Retirarse, Jugar Siempre, todo está permitido ahora, fue un clima ritual, desordenado por momentos que a nadie importó.
Al costado estaban los libros, por mi cabeza Soriano, Galeano, Fontanarrosa, Sacheri, y Don Néstor Farini, con su traje y su moño azul que sumó su anécdota y lo bautizó goleador al fin desde la gramilla de “La San Martín” para el mundo, sonó la canción/cumbia de la Plena, Ignacio Irigoyen lo vínculo con una tierra sagrada la correntina, la de los héroes, la de los valientes… y entonces???
La escuela es un estadio de fútbol, el recreo es un mundo, los docentes son técnicos de la vida, es un gol inaugurar la primera Biblioteca Futbolera de la Provincia con ese nombre rebelde de “Joselo” envuelto al fin en esa bandera argentina de la tarde, el llanto no para del goleador!!!
Ese grito de gol en él, en esos más de 250, con mil colores de camisetas que al fin tampoco importan…es una mezcla de yaguareté en acecho y de sapucay de ausencias…cuando “joselo” besa la camiseta en su pecho, a mí me tiembla el alma y se me eriza la piel, con esa garra mira el cielo para decir Papá, hijo, …sueños y broncas de todo lo que es el fútbol, ganar…perder…como la síntesis de la vida humana, en 90 minutos sobre la gramilla más linda de todo el mundo!!!
“Joselo”, por esa rebeldía y ese coraje, en este gol estoy yo, mis hijos, tu pueblo… vaya mi abrazo y admiración por tu imperfección humana, y por tu gallardía de Héroe.