08 enero 2026

Chino Serra y la guerra de los dos mundos

 Ahora es más fácil ver el territorio, hoy que la luna llena de lobo bajó su azul sobre la arena y las cárcavas del Toropí, pero nadie intuye la batalla anterior, solo en la noche anterior, quizás otra más en vigilia, y otra quizás en pesadilla, la que le deja esta fiebre en el cuerpo aún y un silencio desértico más grande de todo lo que pueda abarcar el pensamiento del “Chino” Serra.




Debemos remontarnos unos 30 años atrás, nacer y vivir en el carrizal lo había curtido de formas difusas, había pisado desde niño barro junto a “Chacho” su hermano menor, el sudor de su padre Antonio los bendijo de apuro como todo el tiempo sincrónico del ladrillero, así escudriñaba sin saber de edades el Chino, reflejos azulados del Paraná apretado entre el carrizo, el remanso, algunas aguadas estancadas como su palabra y su cabeza, y como la tropilla de caballos flacos pisaba adobe todo los días y todas las tardes, en ese oficio del infinito.

Pero aun así el Chino Serra, nunca sintió los bordes filosos de nada, el paisaje era amistoso y redondeado en los bordes, suave de carrizo y de plantas acuáticas y de nubes que acercaban al suelo ya bien entrada la tarde, ahí en su Jordán, bañaba su cuerpo marrón con algunos salpicones de agua y nada más.

En el carrizal Chacho y Chino habían creado un mundo propio y perfecto, quemando ladrillo y quemándose en alcoholes por dentro, verlos de afuera era ver viejos camiones, tractores, maquinarias ruidosas pintadas con estrellas y signos como si fuera a veces un circo, y otras las menos un ejército para dar batalla a lo que fuera, nadie podría asegurar que en esas montañas de hierro herrumbradas no existieran cañones o misiles para enfrentar “enemigos”, uno puedo imaginar conversaciones como rotas sobre planos hecho en el barro a la lumbre del horno, tácticas para atacar y ganar esa guerra, uno imagina a los dos parados firmes como soldados y haciéndose la venia con sus trajes imaginados de coroneles y sus ginetas dibujadas con hollín sobre sus hombros.

Pero en un final de febrero la lluvia no cesó, y la inundación se quedó más tiempo del soportable para ambos en él Carrizal, el mundo perfecto de formas circulares y amigables empezó a apretar, Chino con la punta de sus dedos tocó los bordes “rectos” arquitectónicos y precisos de un torre de cuatros lados de un tetra brik, y fue lo último que tocó como si ese espanto del vino tan preciso lo hubiera hecho daño en su pecho con su forma rectangular.

Bebió esa noche enajenado y en silencio, vio hacia el sur otra noche y soñó que si había otro mundo, lo abrazo a Chacho en silencio y le dejó todo su Carrizal, donde hoy está enterrado, hecho poca memoria y barro; Chino en la mañana se fue hacia el Toropí.

En su cabeza se iniciaba una batalla, con medio centenar de años, la humedad que conservaba en su cuerpo tocaba la infinidad de estas arenas, que le secaba cada día y cada hora un poco de su memoria “esa del carrizal”, una espacie de nueva muerte a cuenta gotas, algunas bajaban como sudor desde el borde de su sombrero conquistador, y en la primera quema junto a Delicia y sus hijos vivió como pagando un pecado arrasado por un temporal que asedio su choza, creyó escuchar en un rayo el sapucay de su hermano, pero rápida esta arena se comía todo, en esa maldición del génesis en Toropí, apretó a los suyos contra el pecho, y solo el vio vivos a los mastodontes, los tigres, los toxodontes, los armadillos gigantes, las tortugas, las serpientes y miles de bichos en estampida, y escuchó sus bramidos todos en uno, y en esa tormenta como en un remolino el mito se quedó en su cabeza.

El Chino Serra, vio de nuevo ese universo vivo, y un mandato ordenó las especies por voracidad, y la voz de un dios le dijo que él debía regular el bien sobre el mal, y en otro relámpago apareció brillando en su mano ese "su machete".

Cuando ceso el diluvio, el azul del riacho espejaba las islas en calma, y él bebió lo último del vino de esa noche larga y dejó jugar libre a sus hijos en ese paraíso, junto a Delicia cantearon al sol del amanecer los ladrillos que pudieron salvar, al fin era suficiente, en otro orden preciso sobre la arena ya seca, miles de ladrillos rectos y precisos secaban ese capítulo del inicio.

Mil días y sus noches, el “Chino” escuchaba hablar de los fósiles y de los huesos quietos buscados por expertos y curiosos, él alzó su casa y se quedó a cumplir el mandato, cigarro de por medio en las tardes cuando volvía cabalgando con su enano de bañar al resto de los caballos, y luego de limpiar el pisadero, y sus carretillas de madera de la faena, a veces le parecía ideal respirar gobernando ese mundo de las arenas, sonreía solo y hacía la venia por las dudas para su ejército imaginado.

Al final de cada tarde también, Delicia su mujer y compañera, hacía crujir una lata con maíz como un llamado, y unas cien gallinas se lanzaban como el opio ciegas a comer, un rito tentador para otros bichos pensó una vez más el Chino, tanteando su machete y haciendo “hucha” a unos perros flacos, poco cosa para el asunto, que el tenía en su cabeza.

Solo él notaba inquieto en el corral y unos relinchos incómodos en la tarde, casi siempre, casi como si algo estuviera en acecho.

Y este enero, sofocante, apenas dejaba amarillar las florecitas en el aromito cercano dejado para refrescar, y más allá al fondo del patio largo la “talita”, como una espinosa defensa de la noche y sus misterios, ahí se dio el asunto, la batalla que les cuento.

Una mañana entre la voz ronca de la radio colgada del alero del rancho, Delicia se quejó en voz baja de que algo se estaba comiendo sus gallinas, como de un bocado, agregó, y luego de un largo silenció sentenció, comadreja no es dijo; y al Chino le corrió la orden y el mandato por su cuerpo, y el miedo, nunca antes aparecido en ambos mundos “carrizal y ahora Toropí”.

Ya los primeros días se presentaron lluviosos, y con poco trabajo el cuerpo del Chino quedó en alerta, mojaba solo los labios de vino, y echaba el resto a escondidas para que no se notara, daría vergüenza matar o morir empedo, se dijo.

Esperó en el sopor de las primeras noches de enero, mientras escuchó unos tiros de alguien que recibía el año nuevo lejos, durante el día no dijo palabra alguna, tocó su cuerpo en fiebre y transpiración como extraño, tocó los bordes de ese tetra brik, filoso como su machete de plata, y estaba listo.

En la segunda noche de enero todo estaba oscuro como nunca, en algún lugar lejano la luna llegaría mas tarde con todo su redondel amarillo, pero acá el tiempo estaba detenido, el aire, el silencio, la arena caliente aún por el sofocón del día, la mansedumbre de los animales domésticos dormidos, Delicia también en el catre…

En esa oscuridad Chino Serra, descalzo, con sus pantalones arremangados como un semi Dios fuerte, pero anciano, tanteó su machete sagrado y camino hacia la “talita espinosa”, con cierto movimiento como de brujería hizo crujir las ramas y atravesó las espinas que rasuraban su cuerpo, creyó escuchar bramidos y tormentas en el diluvio de su cabeza, y degolló un toxodón en la oscuridad, y otro machetazo sobre el cuero en estampida me cientos de armadillos gigantes, y revoleó su machete que brilló apenas ante la luna que apenas aparecía sobre el riacho cercano, y se trenzo cuerpo a cuerpo con un tigre que probó su fuerza, así atravesó el talar y el telón grueso de esa noche de enero, enloquecido en el piquete los caballos eran mordidos por serpientes, imaginó en la noche toda, y sus pies tantearon algo de barro, algo de humedad bendita y sobre una tortuga gigante se lanzó hacia su presa, cerró los ojos, al fin la noche era toda oscura y eterna, apretó los dientes una vez, y sintió la asfixia y esa fría piel de la serpiente que buscaba apagarlo todo, pero Chino sintió que de su corazón brotaba un fuego de misterio, de tesoros escondidos, de bendiciones de animales milenarios, y gritó un sapucay que alumbró la noche, y se vio cara a cara con la curiyú del mal, la luna brillaba al fin, y el Chino Serra blandió en el  alma su machete.